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Diario Clarin
15-02-1995
Espectáculos
Por José Mateos (*) |
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Faltan
dos larguísimos minutos, eternos segundos vacíos para que Sus Majestades Satánicas se
hagan presentes en el escenario, y estamos acorralados en un pequeño espacio, una suerte
de trinchera de un metro veinte de ancho que separa el escenario de la multitud. Personal
de la gira ladra indicacio nes de todo tipo: no pueden pasar de acá, no pueden usar
flash, no pueden disparar durante el primer tema, se tienen que ir en el final del
cuarto... Las luces se extinguen y se los puede adivinar allí, como modernos brujos,
escondidos en un ritual en el que la tecnología más sofisticado se combina con los
elementos más primitivos.
Los cuatro están allí, es verdad y esa noticia
llega primero a la trinchera. La siguiente novedad es que la presión existe, y los
desrnayados y ahogados, que minutos atrás prácticamente no existían, comienzan a
trasponer el vallado por decenas. Tráfico de cuerpos, tráfico de órdenes y la cuenta
regresiva impuesta por Not Fade Away, la primera canción. Des pués, comenzará el
trabajo, como una cacería efímera y desesperada.
Lo único que se atina a pensar es: "Ey,
calma, después de todo es solo una banda de rocanrol". Pero sucede que ahí están.
Ellos, estos mismos demonios que ahora dominan el escenario atravesando el fuego hace más
de veinte años eran solo un póster de la revista 'Pelo'. Eran una imagen potentísima,
provocativa, cargada de fantasias acerca de cómo sería la vida en otra parte. Ese
póster sintetiza todo: las historias, las canciones, los cambios de guitarristas, el
desborde, el mito. Demasiadas cosas para alguien que está parado en una trinchera, a dos
metros de la mirada terrorífica de Mick Jagger, esperando para levantar su cámara
y disparar. Los Rollíng Stones existen.
Llega el momento en que autorizan a levantar las
cámaras. Jagger corre, salta. El resto disfruta, pero Jagger es más brujo, es el que
sabe más de la tribu y del poder que tiene sobre ella. Detrás, la tribu llega corno un
rugido absolutamente fisico. Siguen lloviendo escupidas -una costumbre nacional- y cuerpos
exaustos. Los Stones siguen su faena y el tiempo para conseguir una buena foto se agota.
Es extraño pasar a pensar en la cuestión desde la estética, mirarlos por el ojo de la
cámara rogando que Jagger y Richards se junten para la foto. Es difícil pensar en todo
eso mientras no se puede creer tenerlos ahí tan cerca. Son demasiados afios de mitología
para creer que esos viejos guerreros son aquellos mismos de los relatos, es verdad. Pero
ahí están, mágicos, fascinantes, desafiando a todas las miradas. Las que están a dos
metros. Las que están a 100.
(*) Fotógrafo de Clarín -que
cubrió los dos primeros shows de la banda en Buenos Aires. |